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Banderita, banderita, banderita tricolor

Hace ya algunas décadas, me
encontraba con un amigo artista bastante izquierdoso, cuando se anuncio que,
violentando la autonomía universitaria, a solicitud del rector de la UNAM, la
policia había entrado al recinto universitario y había detenido a los alumnos
que tenían tomada la rectoria en protesta por una nueva ley que pretendía
cobrar cuotas a los alumnos (cuando según la constitución la educación que
proporciona el estado debe de ser gratuita) y limitar los años de permanencia
como alumno de la institución. Inmediatamente se corrió la voz que los padres y
simpatizantes de los detenidos se reunirían en protesta alrededor del “ángel de
la independencia”, la columna sobre avenida Reforma en la ciudad de México que
ha servido como foro no oficial para festejar triunfos de la selección
nacional, el triunfo de Vicente Fox como primer presidente de oposición y para
todo tipo de protestas. Aunque no estaba totalmente seguro de ello, acompañé a
mi amigo a protestar contra ese acto del gobierno. Nos acomodamos brazo a brazo
con los padres de familia rodeando el monumento. Uno de los padres sugirió:
cantemos el himno nacional para que vean que no somos unos provocadores.
Mientras entonaban eso de “mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el
bridón…”, en silencio me cuestionaba si no era una contradicción estar allí protestando
contra el gobierno pero a la vez honrando uno de los símbolos de su dominación y adoctrinamiento, como si yo estuviera dispuesto a tomar un arma para defenderlo.
Ante las dudas de la legitimidad
y legalidad de los resultados oficiales de la eleccion de 2006 que, contraria a muchas encuestas y a
la tendencia iniciales del conteo rápido, daban su triunfo a Felipe Calderón
como presidente de México, la toma de posesión del candidato del PAN se llevó a
cabo entre empujones e insultos. Muchos periodistas e incluso ciudadaos
comentarían su indignación no ante los hechos sino ante la afrenta a la
“investidura presindecial” como símbolo de la patria, como si ese concepto le
otorgara de facto el respeto a su poseedor.
En México existe una ley sobre el escudo, la
bandera y el himno nacional como símbolos de la nación y allí se detalla el protocolo para su
uso y reproducción. A diferencia de otros países con un uso más liberal de su
bandera como en Estados Unidos que hasta en los calzones la portan.
En 2006 coincidí en Alemania durante el
mundial de futbol. Los alemanes, como en cualquier país, saliern a celebrar los
triunfos de su selección ondeando banderas, de todos los balcones colgaban
estandartes. No tendría nada de extraño sino fuera la primera vez que esto sucedía
esto en casi 70 años desde la caida del regimen nazi.
Un amigo español radicado en cataluña,
durante su visita en México, se manifesto sorprendido ante la imagen de los
niños ataviados de gala pues los lunes todas las escuelas comienzan lábores con
el ritual de los honores a la bandera donde, aún lo recuerdo, no sólo se iza el
lábaro patrio y se canta el himno nacional sino que se recitan poemas y se
cantan loas en honor de algo tan abstracto como la patria. Él comentaba que desde
la dictadura de franco no se veian esas cosas en su país y que le parecían de
lo más fascistas.
Poco tiempo antes de la votación en Reino
Unido que llevaría al Brexit, un amigo llegó a mi casa con unos amigos suyos:
un inglés casado con una mexicana. No hubo siquiera que plantear el tema del
referendum, él mismo lo sacó a colación y su argumento a favor de la separación
era que con ello recuperarían su identidad (lo que sea que eso signifique pero
a mi entender nada bueno). No quise entrar en embrollos, pero por la forma que
lo expresaba, “su identidad” estaba en contra de los inmigrantes a pesar que su
esposa fuera uno de ellos ( quizás debido a ello).
La derecha está tomando Europa y no sólo en
los parlamentos. Está tomando la mente de la gente.
Hasta los más progresistas o “izquierdosos” salen a la calle a ondear banderas
y hablan de su identidad, de su nación de su patria, defienden su idioma,
defienden sus fronteras. Los regionalismos también disfrazan una forma sutil de
radicalización ante el otro.