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Colonia para principiantes

Fotografía de Colonia para principiantes
apenas hace unos días las primeras lluvias se tiñeron de amarillo. Arrastraban el polvo que poco a poco, como si fueran migajas de sol había cubierto todo.
Desconozco que tan normal sea este fenómeno pero hasta resultó la foto de primera plana del periódico principal de la ciudad. Todavía se puede reconocer las marcas doradas sobre las banquetas como si a alguien le hubiera dado por realizar dibujos modernos por las calles.
Sobre los autos había formado una gruesa capa donde, de vez en cuando a algún niño le había dado por plasmar un patrón con sus dedos. Especulábamos: ¿Sería la arena del desierto que se eleva a grandes alturas y después de recorrer miles de kilómetros se precipita? No sé que distancia sea, pero eso sucede en Seúl que es azotado por tormentas de arena desde el desierto de Gobí en China.

No habíamos visto cómo, pero ese polvo nos había cubierto. Quizás estaría relacionado con las pequeñas particulas que flotaban en el aire. Pero esas eran más sutiles, casi transparentes, como pequeños espermatozoides rubios que, perdidos en su camino, hacían lo posible por sobrevivir. No eran tantos como el polvo pero se colaban a todas partes. A veces se te acercaban como saludándote y, otras veces, simplemente los descubrías con fijarte un poco.

Gracias a que Abril en Alemania es bastante voluntarioso, este año decidió dedicarnos un mes lleno de sol y calor, oportunidad para que los parques se llenen de grupos asando carne, tomando el sol o simplemente descansando. Al atardecer resulta imposible circular en bicicleta por esos caminos, no por  los visitantes, sino hay que mantener la boca cerrada y los ojos cubiertos al cruzar a través de las nubes de  mosquitas que aguardan apenas se disperse el humo para lanzarse sobre los restos de los asados.

Fotografía del archivo de Deutschlango
La naturaleza nos prodiga su primavera y como una gran eyaculación nos salpica a todos. El sol la ha fecundado y por todas partes percibimos su potencia. Los pájaros, desperazados del invierno, cantan libremente. Apenas se cruza un parque nos inundamos del aroma de la naturaleza que despierta de su sopor invernal. El verde es nuevo.
Cada día es diferente, ahora los robles lanzan sus semillas al aire. Las flores de los árboles se desmoronan en una lluvia de pétalos de colores.
Todo renace y a la vez va muriendo. Así es el romanticismo alemán, la belleza trágica de la naturaleza.

Colonia como todas las ciudades alemanas tuvo que ser reconstruida después de la guerra y Konrad Adenauer, su alcalde, planeo dos cinturones verdes alrededor de la ciudad. Uno, como un gran parque la recorre de norte a sur muy cerca de lo que fue el trazo de la muralla medieval que albergaba a una de las ciudades más ricas y más pobladas de su época. El otro, no mucho más lejos, es un bosque donde uno, como si a unos pasos no estuviera una de las zonas más industrializadas de Alemania –y del planeta–, se puede rodear sumergir completo en la verdura.