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La italiana. Un viaje por Sri Lanka

Fotografía de La italiana. Un viaje por Sri Lanka

Sri Lanka

La italiana

 



Las tres semanas previas había vivido tan sano como nunca. Una vez terminado el ajetreo de aeropuertos y escalas, cuya duración sumaría unas 36 horas, me había concentrado en el tratamiento ayurvédico. A pesar de que no podía dejar los asuntos y las ´personas en México lo que a veces, dado que estaba exactamente del otro lado del mundo y la diferencia de horario era de medio día, había implicado alguna llamada a mitad de la madrugada; aun así, como me levantaba muy temprano y después de mi rutina de desintoxicación, estiramiento e higiene, tenía todavía media hora para revisar mis correos, más si reducía la hora siguiente de meditación antes del amanecer, así lograba estar al día con el otro lado del mundo sin afectar la rutina de curación.


 

   
 
Mientras los huéspedes dormirían, disfrutaba la meditación acompasada por el canto de la anciana que, después de limpiar el salón de yoga, se postraba frente a la gran estatua del buda que presidia ese espacio abierto para recitar durante una media hora las escrituras budistas, seguramente en Pali, la lengua sagrada de esa parte del mundo. Ese sereno sonsonete, coreado por los rugidos de los monos y los cantos de las aves que comenzaban a despertar, resultaba ideal para la concentración. Aún después de abandonar la plantación, en la medida de lo posible –los traslados y hoteles lo hacían más difícil– había continuado con esa rutina, lo que había ayudado a contener mi reacción ante la actitud de la italiana, pero al final había sido tan explosiva que no sólo Lucky y el encargado del hotel habían quedado estupefactos sino hasta yo me sorprendí.

 

En la búsqueda por un tratamiento ayurvédico en Sri Lanka, el otro país que junto con la India ha elevado a nivel profesional este tipo de medicina tradicional, habría resultado infructuoso pensar que no me encontraría en un lugar lleno de extranjeros. A pesar de que el inglés forma parte del currículo en las escuelas y la tasa alfabetización está por arriba del 90%, parece que sólo quienes trabajan en el sector turístico saben un poco más allá de lo básico, pero aun así a la gente no le impide comunicarse a señas y ruidos con los turistas; los niños entusiasmados lanzan gritos de hi y hello y llegan a intercambiar algunas palabras con los pocos extranjeros que en ese poblado de unas trescientas personas seremos sólo los del retiro ayurvédico cuyos precios no estarían al alcance de la mayor parte de la población. 

 

La segunda semana Lucky me prestó su destartalada bicicleta y con ello, a pesar de algunos días de lluvia ­–estaba terminando la temporada del monzón–, mi mundo se expandió más allá del templo y del hotel donde escapaba para tomar una jarra de té. El que se convertiría en mi compañero de viaje además de la italiana radicada en Barcelona, afirmó que la usaba para su ejercicio matutino, pero, en mi opinión, parecía que no la hubiera rodado en mucho tiempo. El mecánico –musulmán, sin duda– tuvo que sustituir la llanta casi lisa, cambió las manijas del manubrio y el asiento que ya no se sostenía en la barra y ajustó los frenos, todo sin manchar el inmaculado kaftán tradicional que vestía. Pagué 600 pesos por la renovación completa del vehículo que demostró ser insuficiente; en un primer descenso en un camino de piedras apenas transitable para un motocross, la llanta delantera, para mi preocupación, manifestó su giro poco alineado, pero después de varias horas, como todo en la vida, se fue asentando, hasta tomar su lugar. 

La bicicleta me permitió encaramar la ruta hasta la “suboficina” de correos, una pequeña caseta a la orilla de una calle pavimentada por donde los rikshaws, casi siempre dueños del camino, tenía que ceder el paso a los camiones de carga. Funcionaba sin computadora con un sistema de libretas, clasificadores y llamadas a alguien que después de ser informado del peso y destino de las cartas, indicaba el porte a pagar; aunque arcaico funcionaba más eficientemente que las oficinas que visité en India y las cartas han llegado más rápido a sus destinos que las que envío desde mi país. Con esos mismos sistemas hacía también las funciones de banco. 

 


Aunque a mi llegada habitaban allí unos diez o doce huéspedes, pronto empezaron a despedirse algunos. La pareja india que había viajado a la región de la minoría tamil en el norte de la isla me dejó algunas recomendaciones. Allí habían pasado las recientes elecciones y el triunfo de un presidente, obviamente de la mayoría singalés, del partido comunista. Me habría gustado viajar allá pero aunque la distancia no sería demasiado en una carretera modernas, los caminos angostos y llenos de tráfico de personas, animales y vehículos hacían difícil alcanzar un promedio mayora treinta kilómetro por hora. Lo mismo con los trenes.

Otros huéspedes simplemente desaparecieron o incluso algunos me resultó agradable verlos partir como la pareja de mujeres que parecía que miraban a todos con desdén.  Al final, entre los que se retiraban y llegaban, como apenas estaba terminando la temporada baja, nos mantuvimos en un promedio de seis personas y con la llegada de Lucille, ya no sería el único con un programa para veintiún días.

 

 

 

Esa tranquilidad bucólica: yoga para comenzar y terminar el día, los diarios masajes –el shirodhara que con aceite fluyendo sobre la frente aunque asemeja una tortura china resulta el más relajante–, la comida vegana libre de gluten y de alimentos procesados pero con mucho sabor e ingredientes frescos sobre todo coco y productos de las diferentes palmas de la región, conversación multicultural en las comidas, las consultas con la doctora de ojos profundos, había quedado atrás. 

 

 



El paisaje cambiaba, desde casi selvático hasta algunas sabanas donde habitaban los elefantes más allá de las montañas. Todavía estaba embriagado por la desintoxicación por lo que, cuando la italiana no aceptó que nuestro chofer y compañero de viaje sugiriera lugar para dormir ­–como única explicación: que no le gustaba que le impusieran las cosas– simplemente le sugerí que ella lo escogiera. Yo me adapto. Mi principal requisito la limpieza y de preferencia un buen desayuno. Si tiene vista, mejor. El lugar que eligió cumplía con todo, la vista hacia la montaña resultaba espectacular, no importaba que estuviera un poco lejos de la calle principal dónde se encontraba todo: bares, restaurantes, tiendas, hasta supermercado, todo para extranjeros, el problema, dada mi acrofobia, eran los interminables escalones de acceso, un poco desiguales y sin pasamanos pero en Sri Lanka hay escalones por todos lados.

 

No sabía mucho de ella pero no habría pensado en rehusarme al viaje con Analisa cuando me comentó que saldría el mismo día, y no había una ruta turística más importante ni más práctica que la que me había planteado mi guía que nos llevaría primero a la parte alta de las montañas donde la naturaleza era lo importante. Así que me pareció adecuado tener compañía durante el paseo por el centro del país.

Resulta imposible no comparar Sri Lanka con la India. Por su cercanía lo poblaron los habitantes del subcontinente, los tamiles en el norte y los singaleses el resto de la isla, y redujeron a los vedas, los habitantes originales, a seres de zoológico; como animales, los calificó mi guía. Sin embargo, Ceylan, aunque forma parte de la mitología hindú como el reino de Lanka donde habitaba Ravana el rey que secuestro a Sita, la esposa de Rama– resulta sin tantos lugares tan espectaculares y tan llenos de emociones, eso lo hace más tranquilo, al menos ahora que terminó la guerra civil, y sobre todo en temporada baja, ya que los lugares de la playa parecen listos para recibir a miles de surfers y turistas rusos. El budismo que llegó del subcontinente y que despareció allá, sigue siendo la religión principal y, a pesar de la minoría tamil hinduista, y algunos musulmanes y cristianos, en su constitución se erigen como los defensores del budismo.

 



 



 

No había tenido mucha oportunidad de convivir con la mujer, durante su tiempo libre, se colocaba como lagartija al sol alrededor de la piscina y sólo coincidíamos en las comidas. Cuando llegó y se sentó a mi lado por primera vez, sentí algo negativo porque me pareció que se parecía físicamente a mi hermana Flora y quizás por eso me sentía incómodo. Al final no pude deducir donde estaría el parecido, quizás los ojos y la forma alargada de la cara o ese modo de hablar adormilado. Para librarla de un susto como el que había sufrido cuando paseaba por el jardín, le comenté de las dos serpientes, imponentes pero inofensivas, que deambulaban siempre por allí. Su reacción resultó sobre-exagerada. 

 

 

Junto con ella,  Lucille y Sarah (una británica que callada parecía sumida en una depresión pero sonreía con una dulzura contrastante) emprendimos un viaje a un parque nacional. No dejó de afirmar que los elefantes eran sus animales favoritos pero aunque le gustaba ser la protagonista y, allí lo eran  los paquidermos.

 


Cuando tenía algún momento libre, me concentraba en la lectura. Me había atrapado una novela[1] que sucedía en 2009, en la época más dura para la minoría tamil, cuando la fuerza del ejercito singalés exterminó, sin tregua para la población civil, hasta los últimos restos la revolución de veintitrés años dirigida por otro sanguinario ejercito que aprovechó a sus propios paisanos como escudo humano mientras el gobierno los obligaba a trasladarse como ganado de una a otra parte de la zona tamil hasta confinarlos en campos de refugiados en su propia tierra. Se notaba la labor periodística de la autora. Los datos históricos eran precisos. Aunque antes había escuchado algo de los tigres de Tamil Elam, no recuerdo que la revolución que mató más de 250,000 personas haya atraído entonces mucha atención mundial.

Imaginaba que la florentina (luego confesaría que realmente era de un pueblo cercano a Napoles) de alguna forma sería un poco más alternativa y por lo tanto sencilla y tolerante, como la mayor parte de la gente que viajan a este tipo de lugares; al final caí en la cuenta que mencionó que ella había llegado allí casi por casualidad y sin mucho conocimiento de nada. Una amiga se lo había recomendado. Aún así ella hacia grandes disertaciones sobre la espiritualidad y el amor.

El segundo fin de semana cruzó por allí un trio de esposas de ricos expats que desparecieron tan rápido como llegaron. Venía desde Mumbai sólo de fin de semana. La gringa, ligera y habladora, cuando afirmó lo económico del lugar (creo que a la mayoría le parecía lo contrario), la observé, rolliza y enfundad en una bata, mientras esperaba el tratamiento elogiando sin pausa su propia su labor altruista, que me hizo recordar a Bubbles Devere.

La tercera semana cuando llegó la alemana sólo tres estábamos allí por 21 días. Lo mínimo para un verdadero panchakarma, la terapia de desintoxicación ayurvédica que puede incluir cinco tratamientos bastante duros[2] ya que los masajes sólo son preparación para ellos, en cambo otros sólo tomaban algunos pocos días de tratamiento ayurvédico y había quienes venían al wellness que incluía solamente la parte de los masajes y los baños, por lo que se perdían la noche de shots al final de la cena, medicinas que teníamos que combinarse con agua tibia y servían en vasitos cortos que recibíamos cada día por la mañana en cajas de madera con nuestro nombre. Remedios de olores y sabores espantosos. La británica definió uno de sus vasitos como fart. Pasó bajo todas nuestras narices y coincidimos con su apreciación. Ella me gustó desde que interactuamos por primera vez. Era contundente en voz y presencia. Me escuchó y se interrumpió para preguntarme: Are you Southamerican? From Mexico, le respondí. Itchy ears, confesó que la habían traído a este lugar, y la única solución que le ofrecían los médicos alótapas: que parara de rascarse. A su salida, una semana después de la mía coincidimos en la capital. Ella continuaría con un amigo nómada su viaje alrededor del mundo pero para trabajar sin preocupación, necesitaban permanecer en una ciudad los días entre semana. Yo llegaba para tomar mi avión al día siguiente. Nos encontramos en el Hospital Inglés. El antiguo edificio colonial estaba a unos pasos de mi hotel y aunque aparecía en las guías como uno de los puntos destacados de la ciudad, su autenticidad había sucumbido ante tiendas y restaurantes para expatriados y turistas. Yo había ordenado un cangrejo y me sentía un poco culpable mientras lo destazaba con un set de instrumentos quirúrgicos diseñados para extraer la carne hasta de sus más profundos intersticios. Apenas trajeron la bebida me preguntó curiosa sobre mi viaje con la italiana. Las mujeres poseen una mejor intuición unas de otras y me confesó que se había dado cuenta que no era una persona fácil.

 


 

 

Mientras bebíamos una cerveza, le conté desde la salida de la plantación: ya liberados de la dieta obligatoria, habíamos brindado con vino y comido pescado fresco, vistamos algunas playas, nos tomamos fotos en los miradores donde ella usaba practicadas poses y, como se trataba de luna llena, nos detuvimos en uno de tantos templos, y después de las protestas de la italiana que tenía que cubrirse piernas y brazos,  compartimos con la gente que de blanco inmaculado llegaba a rendir honores al buda. En cada oportunidad, ella le pedía a Lucky que deseaba conocer a un monje budista. Se me ocurrió comentar que no tendría más de especial que si hablara con un sacerdote católico, pero respondió con desdén que ellos eran seres iluminados. Que muchos monjes budistas, más que por vocación, hayan sido obligados desde niños a tomar los hábitos y que algunos hayan participado en las masacres en contra de la minoría tamil y que ahora dirigieran ataques contra los industriosos musulmanes, no resultaba significativo para ella. 

 


 

Al segundo día vistamos templos y cascadas e incluso el emblemático puente de nueve arcos construido por los ingleses. Al día siguiente durante el desayuno, cuando me dí cuenta que apenas iba regresando, le bromeé que ella seguramente sería la rencarnación de un hombre gay. En una idílica cascada intercambió miradas con un sexy local que iba con un grupo de amigos. Al salir encontró el momento para que intercambiaran teléfonos y después que visitamos otros templos y cenamos, ella lo encontró en un bar y ahora venía llegando de haber intercambiado fluidos corporales. Bromeando confesó que era falsa la idea sobre el tamaño del miembro viril de la raza india, al menos en este caso.



La noche siguiente nos hospedamos en un lugar céntrico en la ciudad de Kandy. Cenamos y paseamos alrededor del templo que atesora la reliquia más importante de Buda. El diente del iluminado de un tamaño que sería de un gigante es presentado a la población en un festival una vez al año. Incluso observaríamos el elefante disecado que hasta hacía pocos años había tenido el honor de transportar la reliquia durante el festival anual.

 





Temprano, pues mi compañera insistía en comenzar el día tarde, visité una gran farmacia ayurvédica y recorrí, con la guía de un pequeñísimo hombre que me parecía muy mayor pero que resultó de mi edad, el mercado que ofrecía frutos y productos muy parecidos a los de mi país. Al final de la tarde ella insistiría que también tenía que visitar esos lugares, tardamos más de cuarenta y cinco minutos para que se tranquilizara porque en realidad no sabía qué quería, pero a todo se oponía, y luego de un paseo de menos de media hora decidió que ya era hora de moverse y aceptó finalmente el hotel que proponía Lucky a mucho mejor precio del que ofrecían en booking.
 
 

 

Estaba esperanzado que las purgas y enemas, incluso el tratamiento por la nariz que resultaba doloroso, hubieran limpiado también algo de las toxinas de mi mente pues yo seguía tratando de contenerme y me concentré en los gigantescos murciélagos que comenzaban a poblar el cielo alrededor de la ciudad mientras continuábamos hacia al norte. Poco a poco, como olla express, iba acumulando presión.

En ese último encuentro reunidos en el Hospital Inglés, no conversamos de sus dolencias, ni de mis problemas de esófago y cuerdas vocales por lo que todavía tengo curiosidad si habrá reducido su comezón en los oídos. Como ella no cenaba, yo devoraba el cangrejo tan rápido como podía. 

 

 

 



 

Había sido un día largo. Para provechar los últimos momentos en el país me levanté a las 4:30 am para visitar el Kaudulla National Park. Durante el trayecto el joven musulmán de pestañas de burro de piñata y ojos granes y negros me entregó un paquetito. Boss sends this. Esperamos todavía algunos minutos mientras el responsable nos permitía la entrada justo a la hora de apertura del parque y apenas llegamos al primer llano, cuando observó mi falta de pericia, el joven preparó un cigarrillo con la “caquita de chango” que luego compartimos mientras la naturaleza despertaba a nuestro alrededor. Aunque pocos elefantes, principal atractivo de los parques nacionales del país, salían a esas horas a beber agua –apenas un par de hembras con unas crías y en otra parte un macho solitario que se enfilaba hacía nosotros de manera intimidatoria–, la soledad como únicos visitantes junto con los efectos de la índica, me hacían sentirme extasiado. 

 


 

 

El marabú de patas tan largas como las ramas donde se posaba, con apariencia de un elegante y un viejo enterrador, se desperezaba sobre la rama de un árbol seco que recorría con paciencia de uno a otro extremo. Aunque el joven chofer que con pericia conducía la 4x4 sobre esos terrenos fangosos y no perdía de vista al elefante macho pues no eran raros los ataques, señalaba que a las horas de medio día se reunirían allí más de cien elefantes –y calculo que una cantidad mayor de turistas– , no podía permanecer mucho más tiempo. 

 

 

 

 


El tren a Colombo saldría alrededor de las 10:00 am –los horarios, como en Alemania, sólo eran un buen deseo–, y en un trayecto de menos de 200 km se demoraría casi siete horas pero ese paseo resultaba un epílogo de todo lo que había visto durante mi viaje: cascadas y ríos, bosques y selvas, cuidadas plantaciones del famoso té de Ceylan como las del famoso trayecto desde la zona montañosa de Ella rumbo a Nuwara Eliya, aunque esta vez no viajaban turistas que se colgaran de las puertas para tomarse arriesgadas fotografías, templos con Budas, Buditas, Budones, acostados, sentados, parados, vivos y muertos, siempre con un árbol bhodi decorado con banderines, no tan santo como el de Anuradhapura, el primer retoño del árbol donde Sidharta Gautama alcanzó la iluminación y el árbol más antiguo sembrado por el hombre del que se tiene noticia (2,250 años), pero igual de venerados,  y aunque en una parada que, como autobús de larga distancia los pasajeros se aprovisionaran (tarde en enterarme de ello) había alcanzado a comer unas parathas (un tipo de pan de trigo) por lo que nada más dejé mi equipaje y realice mis últimas compras –la tienda cerraba a las seis–, me lancé al restaurante donde me encontraba conversando con  Lucille.

 

 


 

Los últimos dos días, mi compañera había hecho lo posible por captar el centro de toda la atención. Estábamos en territorio de los paquidermos y no sería raro un encuentro con ellos como pudimos percatarnos circulando los caminos aledaños. Había que tener cuidado, me explicó el singalés ya que al día siguiente que ellos se fueran rentaría una motoneta para pasear por la región. Observa lo que hagan los locales, me aconsejó ya que me explicó que en ocasiones los elefantes se encontraban enfurecidos porque los campesinos los alejaban de sus campos con cuetones, y aseguraba que no había peor saña que la de un elefante enojado. Eso dio pauta para que comentara algunas historias sangrientas de estos animales que cobran unas cien vidas al año (menos de los 400 elefantes que son asesinados al año por los seres humanos). Estábamos en su territorio y aunque remota, existía la posibilidad de que alguno llegara por allí, lo que despertó el miedo irracional de la chica que con expresiones de “me estoy poniendo mal”, nos impidió continuar la conversación y en la noche me estuvo bombardeando con infructuosos mensajes buscando consuelo que no ví hasta la mañana siguiente. 

 

 

                    
 
 


 

 

El día no podía ser mejor, el sol brillaba, fumamos canabis con el barquero, comimos el mejor sambol del viaje (coco rallado con chile y cebolla) preparado en una casa rural, visitamos un espectáculo de danza local donde además de portar las clásicas máscaras de demonios, caminaron sobre fuego y después visitamos a una de las bailarinas en su casa. Yo no había prestado mucha atención que la italiana siempre insistía en entregar las propinas. Esa noche invitamos a comer a nuestro compañero, tomamos cerveza “lion” de 8.8 grados de alcohol. Terminamos tarde y el cielo comenzaba a nublarse por lo que decidimos que no tendría caso levantarse de madrugada para escalar una montaña para ver el amanecer sobre Sigiriya, la principal atracción del país considerada como una de las maravillas del mundo en esas listas que circulan por la red. 

Al día siguiente ella no estaba lista para el desayuno y al final decidió no escalar los 1,200 escalones para alcanzar la cima de la roca del león donde se encuentran los restos de la fortaleza que, después de asesinar a su padre por el trono, mandó construir 2,500 años atrás el rey Kasyyapa sobre una roca de 200 metros de altura a mitad de una gran llanura. Ella partiría esa tarde con Lucky rumbo al sur del país y yo me dedicaría la  a recorrer los alrededores en una scooter, así que, siguiendo la recomendación de Lucky, me mudé para las próximas dos noches a un hotel que no había querido la italiana, aún más dentro de la zona de elefantes que resultó con vista espectacular y una piscina orientada hacia el atardecer. Ella quedó fascinada con el lugar de sólo cuatro habitaciones y finalmente decidió que sería mejor partir al día siguiente, por lo que mientras tomaba posesión de la piscina, nosotros nos dedicamos a observar las aves que regresaban durante el atardecer. Mi guía me solicito el resto de su paga y como ya había acordado con la italiana el monto de la propina, se lo entregué completo. Cuando se lo informé así a la mujer, protesto pues ella consideraba que entregarle la propina sería de corazón. Sin discutir, y como todo iría para el compañero que había hecho bien su trabajo, le dije que no habría problema, que ella le diera adicional lo que quisiera entregarle. Más tarde, cuando nos encontrábamos todos ante la mesa tomando una cerveza volvió con el tema.  Parecía que no buscaba una solución y continuó diciendo que yo estaba mal y ella se lo quería dar de corazón.  Otra vez siguió con lo mismo. Quizás me habrá poseído algún italiano pues agitando los brazos continuamos discutiendo. Quería que ya no insistiera más en buscar un monje iluminado, que dejara de quejarse de los animales y los insectos, que parara de quejarse de su compañera de piso y de sus amores no correspondidos y que simplemente volviera a ser la misma entusiasta y agradable compañera de viaje como había sido en otros momentos. De repente me di cuenta que también yo quería regresar a mi paz interior, por lo que al final nos abrazamos,  y seguimos intercambiando experiencias y mensajes.


Al final me despedí de Lucille y acordamos que si pasaba por México no dejaría de visitarme.

Cuernavaca, México, diciembre 2024



[1] Mohan, N, “The season of trouble, life amid the ruins of Sri Lanka” (2019)

 

 

·       [2] Vamana vómito. Vamana implica un vómito inducido controlado para expulsar el moco excesivo y las toxinas del cuerpo.

·       Virechana –purgación.

·       Vasti –Enemas.

·       Nasya – Terapia para oídos, nariz y garganta que implica la aplicación de medicinasa través de las fosas nasales

·       Rakta Moksha – extracción de sangre con sanguijuelas..

 

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