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La ultima semana, el Navrati

Navrati
16 a 22 de octubre
De entre los autos surge un perro ladrando. Asumo que defiende su territorio de algún otro animal, pero cuando dos más se le unen me doy cuenta que dirigen hacia mí su agresión. No sé qué hacer, estoy en su templo. Son los acompañantes de Muthappan el dios rebelde que, en el sur de la India donde el alcohol es prácticamente inexistente, bebe toddy[1] y come pescado asado –ofrenda de sus seguidores–, y se acompaña de los perros de la calle. No sé cómo responder al compañero de la encarnación junta de Vishnu y Shiva, así que interpongo mi mochila por si continua el ataque, pero así cómo comenzó, se aleja. Lamentablemente las representaciones del Theyyam tendrán lugar hasta diciembre. No soy el único que las esperaba pues el chico indio me informa que también había venido a ver la danza en la que el dios toma el lugar del danzante para bendecir a los asistentes. Aun así, aunque me he levantado a las 4:30 am para llegar a las seis, no estoy decepcionado, más de una hora me he dedicado a observar la devoción de la gente. No dista mucha de la de mi cultura. Algunos llegan solos. Otros en familias. Son de todas las edades lo que demuestra que la religión es algo vivo. Unos se santiguan solamente, otros cierran los ojos y oran, algunas piden, hay jovenes devotos y otros que más bien parecen arrastrados por sus padres.
En clase, cuando la dra. Threeta explica los usos del gooseberry contra la diarrea, ejemplifica el caso de Charlotte. Inmediatamente la francesa protesta. En tono de guasa le señalo que si podemos hablar de las medicinas que me han metido por el culo, bien podemos hablar de su diarrea. Esta semana comenzó la parte central del panchakarma. Las agradables manos de Samith sólo han sido una preparación para que mi cuerpo se lubrique y absorba los medicamentos que se encuentran en el aceite pero la desintoxicación ha comenzado con el virechana, la purga del domingo anterior. El lunes, el primer enema de aceite. A pesar de que retengo por varias horas la medicina que lubricará mis intestinos, mis shorts quedan marcados por la grasa. Esa noche asisto con Daniela al templo del elefante para el Navrati que ha comenzado desde el domingo y que se celebra en todos los templos de Durga.
Aunque no resulta agradable ver a la vieja elefante encadenada y con pesados adornos, prefiero evitar críticas irreflexivas, que quizás podrían hasta podrían calificarse como burguesas y eurocentristas. La cancunense se acercó a preguntar a un feligres. Aunque se comunicaba en un inglés muy correcto, remarcaba mucho las vocales, parecía que para surgir de su boca necesitaban cruzar un largo camino rodeando un gran lychee. Algo que para un paisano denotaba un cierto origen social. Le preguntó sobre el ritual. La estridente música continuara por horas más e el paquidermo irían avanzando lentamente alrededor de la parte más sagrada del templo sin mucha variación de lo que ya estaba pasando en ese momento. En cambio, en la parte alta del templo, en los descansos finales de una gran escalera, se preparaban para las diferentes representaciones. Algunas orgullosas madres maquillaban a sus hijas perfectamente como las danzarinas clásicas en que se convertirían en el escenario de un espacio que en lenguaje mexicano se le llamaría un “salón de usos múltiples”. Allí se desarrollaban los bailes y se presentaba la música en honor de Durga. En algún momento me hizo sentir que, aunque dedicados a la diosa, tenía un cierto aire de representación escolar
Martes, sufro el siguiente vasty considerado también como menor pues se trata otra vez de una pequeña cantidad de aceite. Mientras aprendemos a preparar una cocción con aceite, a un lado hierve una decocción de los troncos del arbusto castor, mejor conocido como ricino. El doctor Rajesh, con una cierta sonrisa maliciosa, no deja de comentar que ese preparado será para mí.
El miércoles viene lo fuerte, me inyectan por el ano todo lo que mi cuerpo pueda absorber de la cocción de ricino mientras voy sintiendo cómo me inflo como balón. Resulta un poco vergonzoso que además de Samith que ya conoce mi cuerpo por dentro y por fuera, una de las doctoras supervise la operación. Está vez resulta imposible contener el líquido por mucho tiempo, en menos de diez minutos ya hizo efecto. Mientras expulso todo ese contenido voy percibiendo la salida de todas las especias que he consumido durante la semana. A momentos siento una debilidad. Dos veces más evacuo y finalmente comienzo a recuperarme. Cuando mi estómago se llena de gases como habían predicho, es momento de comer la papilla de arroz. Las doctoras elogian la fuerza de mi organismo pues he soportado sin mayores problemas el rigor del tratamiento que busca limpiar todo mi canal digestivo. El viernes otro Vasty menor para lubricar lo que se limpio con la cocción y el tratamiento se completa con el Nastia. No resulta agradable la aplicación del medicamento por las fosas nasales pues tengo que hacer todo el esfuerzo para expulsarlo por la boca. Así que con ello, el panchakarma ya ha limpiado las principales cañerías de mi organismo.
No hay mucho más que contar de mi última semana en Kannur, salvo que mi experiencia con la burocracia india en el correo donde demoro más de una hora para enviar un paquete con libros y unas uruly de latón, me hace sentir que, si no se robaran de todo, el correo mexicano sería digno de elogio. Desde que las conocí en la clase de cocina, me propuse que compraría un par de esas cazuelas de latón que se usan en todos los hogares indios y finalmente estaba enviando esos pesados piezas de metal.
El sábado, una compañera de origen indio pero radicada cerca de la costa este, ayudada por otra paisana también radicada en el extranjero, ofreció una soirée en el hotel donde se hospedaba y nos agazajó generosamente todo tipo de suculentos alimentos que según nuestros estudios deberíamos evitar, especialmente en la noche. Lo único bizarro resultó un platillo indio inspirado en el gratin francés que consistía en capaz de pan de caja con papas fritas, no sé que aderezos y mucho mucho queso. Todos esos alimentos que según nuestros estudios deberíamos restringir en nuestra dieta, especialmente a esas horas, pero eso no detuvo a nadie de comer y bailar La fiesta reunió tanto al grupo de estudiantes (mayormente europeas) como a los maestros y directores indios. Tratamos de bailar dos o tres canciones juntos. La bamba siempre es un éxito, y si les gusta bailar sino conocen la Macarena, en esos momentos alguién se los enseña. También bailamos al estilo Bollywood pero así como los locales perdieron el interés por la salsa, no eramos suficientes para poder alimentar bailarines para dos estilos de música desconocidos para uno y para otro.
Mis últimas horas en el estado de Kerala la dedico a preparar mi equipaje, el direcor de la escuela me pide un testimonio –cómo negarse si fueron tan amables–, dejó la casa de la playa a medio día y el resto del día lo ocupo viajando para llegar al norte de subcontinente, a Benarés, la ciudad sagrada.
[1] Alcohol de los jugos fermentados de la palma
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