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Om Shanti

Om Shanti
A manera de epílogo
Analizo mi imagen ante el espejo: reviso los ojos, el cabello, la piel y me cuestiono los resultados del Panchakarma. Para bien o para mal algo tuvo que haber sucedido en mi organismo. Por muy temporal que haya sido, continué con la dieta vegetariana sólo hasta que el avión sobrevoló Alemania pues estaba preocupado por la ingesta de proteína, así que, en lugar de la opción india, me desayuné el omelette con pollo que ofrecían en el avión, y para rematar, en la estación de trenes de Colonia, me devoré una hamburguesa del Burguer King.Después de un trayecto de más de veinticuatro horas, el cansancio me hacía percibir como si todas esas experiencias físicas y emocionales no hubieran sido sino un sueño pero me sentía bien, incluso con energía. Desconozco si fueron los masajes bajo las fuertes manos de Samith y los métodos extremos ayurvédicos, eso sólo lo podré evaluar con el tiempo pues seguiré tomando comprimidos y menjurjes durante varios meses; tampoco sé si haya sido la comida vegetariana y la abstinencia de alcohol y café, o la meditación a las cinco de la mañana o si fue la adrenalina liberada durante los recorridos extremos sobre la motocicleta de Pawan; quizás fue la caminata de tres horas cuesta arriba para almorzar en un caserío de la montaña o el camino de descenso que resultó más interesante pero bastante más difícil; no puedo negar que el contacto con tanta gente no me haya rejuvenecido. Si hago cuentas del número de personas con las que compartí una conversación durante esas cinco semanas siento que han sido más que en doce años de vivir en un país extranjero.
La pérdida 4 kilogramos de peso me ha llevado a recordar a la tía Quinita. La andaluza, entre muchas expresiones de saber, le señaló a su sobrina que a cierta edad había que tomar una decisión: cara o culo. Si rebajas el trasero, le quería decir a su pariente, toda la piel se te arruga, y si quieres tener una cara tersa, tendrás que cargar con unos kilos de más en las asentaderas.
Ante falta de espacio en la maleta –como siempre empaqué con el doble de cosas que realmente necesitaba–, cansado de cargar en una bolsa de plástico con todos los remedios ayurvédicos, compré una maleta deportiva que documenté con el equipaje. Así que llegó con suficientes pastillas y aceites para los próximos tres meses, y recomendaciones para toda la vida. Muchas de las restricciones alimentarias eran evidentes pero ahora se ampliaron con otras más. Me siento como el personaje de la película de Matrix que una vez liberado de la fantasía a la que los tenía sometidos la computadora, cuando se dio cuenta de lo difícil de la realidad, estaba buscando la forma de regresar a la ilusión de los placeres mundanos.
Ya son muchos años que ciertas prácticas ayurvédicas forman parte de mi rutina: el lavado de lengua y nariz, el aceite en el cuerpo y ciertos tónicos. Gracias a la buena experiencia de varias personas a mi alrededor a quienes he sugerido algunos suplementos, estoy convencido de las bondades de ciertos de sus remedios y suplementos. El problema es que se necesita disciplina.
Quizás todo comenzó hace algunas décadas cuando viví mi momento holístico. También podría denominarlo esotérico, porque además de haber comenzado con el yoga y la meditación, había conocido una hechicera de una milenaria cultura perseguida y que entre otros saberes antiguos conocía el uso de las plantas de poder. Incluso me entregó unos cuarzos. En esa época habrá surgido la ilusión que compartimos muchos de que en la India se encuentra el Shangri-La perdido.
En India, aprendí a caminar sin mirar atrás. Así lo hacían todos. Pawan tenía contraídos los espejos de su motocicleta, así que aunque los hubiera requerido, no los podría haber utilizado. Para caminar hay que colocarse a la izquierda dentro de ese flujo (recordemos que siguen el modelo inglés) y atender a los bocinazos que dan cuenta de los vehículos que se acercan para cuando sea necesario quitarse del camino. En ningún momento ese escándalo constante de bocinazos lleva algún dejo de agresividad, a diferencia de occidente donde es como un grito de atención, incluso un insulto, y en lugares como México, un perturbado alarido de impotencia ante el tráfico.
Aunque las manifestaciones religiosas en India pueden resultar extremas, se encuentran analogías con el cristianismo romano, sobre todo el americano. Las imágenes Periyachin que en uno de sus brazo protege un bebé mientras se alimenta de las tripas de sus enemigos, no es más sangrienta que la iconografía de algunos mártires cristianos pues el santoral incluye desollados, mutilados, cocinados, asados, hervidos, quemados, decapitas, crucificados, aplastados entre otros cuya iconografía podría llenar una cámara de los horrores.
Algunos calculan que el hinduismo cuenta con 33 millones de dioses. De acuerdo al índice de santos y beatos católicos[1], que sería digamos el listado oficial, se cuenta con suficientes para cubrir cualquier necesidad. A esos 7 mil santos se les representa de tantas y diversas formas que su número se multiplica. Incluso se honra a algunos que no son reconocidos oficialmente por Roma (e.g. Carlomagno) y otros que son proscritos por la curia (Malverde, santa muerte).
Sea en las ciudades santas de Benarés o Rishikesh, en una pequeña ciudad secundaria como Kannur o en Bengaluru[2], el silicon Valley indio, no hay rincón donde no haya templos, nichos o altares. En los más frecuentados siempre habrá alguien que venda imágenes, estampitas, velas y cualquier cosa necesaria para las necesidades espirituales, además de comida para las mundanas. En todas las ciudades y pueblos existen mercados donde la única oferta son las guirnaldas para las decoraciones religiosas donde predomina la flor naranja de veinte pétalos. Según varias fuentes, esa flor, conocida en México como cempasúchil es originario de nuestro país y posiblemente los portugueses la hayan introducido en Asia donde su color, su olor y forma la han vuelto parte esencial de las celebraciones religiosas.
Alrededor de los santuarios más populares ha surgido una industria del turismo religioso que incluye hoteles, comederos y venta de todo lo necesario para los peregrinos, además de todo tipo de chácharas para entretener a los niños. Ni Cholula tiene tantos lugares de culto como cualquier ciudad o pueblo de la India pues allí todos están activos. No cómo en México que sólo el 12 de diciembre a tantas imágenes de la virgen de Guadalupe escondidas por todas partes les llega su fiestecita.
En India, como en México, las personas de todas las edades se santiguan al pasar y en todos los rincones de los templos colocan alcancías para las contribuciones, además de que cuentan con un mostrador donde se contratan los servicios religiosos. En la parte más sagrada del templo, el sanctorum habrá al menos un sacerdote que siempre invita a los visitantes acercarse. Ellos otorgan bendiciones sin distinción, y como yo siempre he aceptado todas –hasta las del Papa–, he terminado con la frente embadurnada con algún punto, ralla o manchón, y al final, en ese gesto ecuménico de todos conocido, el sacerdote me ha pasado la charola para el donativo. No puedo negar que, imbuido de toda la energía de Benarés, haya hecho alguna petición con fervor, pero aún así me despiertan sentimientos encontrados las prácticas religiosas de los extranjeros que parecen hipnotizados por esos ritos. Me gustaría comprender su motivación. Incluso quisiera poder llegar a esos estados casi extáticos con los que participan en los rezos. Pero, por el otro lado, me cuesta aceptar como auténticas esas vestimentas que adoptan como copia de lujo de las tradiciones locales, y que muchas veces llevan a extremos artificiales.
En una reunión en un ashram[3] de Rishikesh donde me había invitado un chico con el que tuve una plática casual en un café, después de una cena casi utópica, todos esos jóvenes un poco perroflautas comenzaron a entonar canciones de Shiva. Me preguntaba si hubieran sentido ese mismo entusiasmo cuando alguien hubiera entonado himnos cristianos pero desde que se tiene memoria, el oriente siempre ha resultado tan exótico que siempre ha estado envuelto de un aura de misticismo e idealización.
Mientras que en los templos de India vi como ofrendaban cocos, mantequilla y pescado, los católicos ponen a sus imágenes manzanas, panes, palmas, comida y hasta llenan de listones a San Charbel. Al final de los 9 días del festival del Pravati se lavan las imágenes en el Ganges de forma similar como en las comunidades indígenas lo hacen al terminar la semana santa.
La doctrina cristiana de amor y tolerancia no dista mucho de la hindú, pero estos últimos la aplican a cabalidad, por lo que no sólo resulta allí llevar sin dificultad un régimen vegetariano, sino que en el sur incluso resulta difícil ser carnívoro, y el alcohol es prácticamente inexistente. En India ni los perros callejeros sienten miedo del hombre, al contrario, no falta quien les prepare alimento o ponga agua para las vacas o entregue alguna fruta a los changos. Quienes afirman que la pobreza es la causa principal de la violencia deberían viajar a India. Eso no quiere decir que no existan crímenes, ni violencia de género o haya surgido un violento fanatismo religioso nacionalista, pero en general, salvo algunos abusos y engaños, los lugares son pacíficos.
No sólo es una imagen superficial lo que cautiva al visitante, la India atesora conocimientos muy antiguos. Los investigadores de todo el mundo y de todas las épocas se han fascinado en ello. Pero sólo hasta finales del siglo XIX con la visita de Swami Vivekananda a Chicago el vulgo en occidente comenzó a aprender sobre las filosofías indias y ahora por todos los rincones del mundo se practica el yoga y la meditación. No va a pasar mucho tiempo en que la India, que desde su fundación como país hace menos de ochenta años se concentró hacia adentro, se convierta en una potencia. El tiempo de China está pasando. Quienes quieran hacer negocios internacionales deberían mirar hacia este gigante. Resulta extraño que no haya un alibaba Indio que ofrezca sus productos por el mundo entero, pero el sistema financiero Indio es bastante cerrado lo que dificulta las formas de pago para quienes no tienen su residencia en el país y desde fuera es difícil encontrar quien ofrezca envíos al extranjero.
En la India, los comerciantes y propietarios exponen sus imágenes con orgullo, pues sus fotografías adornan los anuncios de los negocios. Afortunadamente en México la exposición de las imágenes de los políticos está prohibida por ley, si no, como la imagen del primer ministro que decora espectaculares por todas partes, veríamos a nuestro presidente en cada esquina que como Modi, compiten por la popularidad entre su población hinduista. Sin embargo, en Kerala, un estado gobernado por un partido de izquierda no se observan las ominipresentes imágenes de Modi. Ese estado del sur, cuna del ayurveda, ha logrado prácticamente erradicar el analfabetismo e incluso tiene tasas más altas en educación que los países de Europa. Resultaba curioso que en un par de ocasiones me hayan señalado que Kerala tenía la similitud con México, que ambos tenían un gobierno comunista. Otra similitud entre los dos países, además del clima y el intercambio de flora que se dio en el siglo XVI, es que los gobernantes de ambos países ocupan los dos primeros lugares en la popularidad gubernamental. Lamentablemente Modi sólo esté gobernando para la mayoría hindú e incluso ha promulgado leyes discriminadores para las minorías, lo que ha alimentado la conversión del hinduismo en una movimiento político que ha entrado muchas veces en choque con las minorías musulmana y cristiana.
Obligados a despojarnos siempre del calzado, durante los cursos de ayurveda, una paisana se quejaba que siempre terminaba con los pies sucios. En respuesta la directora, con una carcajada, le señalo que qué esperaba si estaba en India. A pesar de que cada noche tenía que lavarme los pies, me sentía contento de que me había liberado por tanto tiempo de la prisión de los zapatos. En India, si se pone atención, detrás de la peste a excremento y basura, el viento transporta aromas de especies. Más allá de la característica bocina de sus tuk-tuks, se escucha música e himnos; sus picantes ocultan delicados sabores, y entre humos y ofrendas, plastas de mantequillas y ungüentos, existen imágenes minuciosamente talladas. Es por ello que dicen que no se puede quedar impávido ante la India, o se odia, o se ama.
[1] “Martyrologiun Romanum”
[2] Antes Bangalore
[3] Ashram en sentido estricto significa monasterio y aunque existen muchos que realmente lo son y aceptan hospedar visitantes, hay otros lugares que simplemente adoptan ese nombre quizás para significar cierto sentido religioso.
Archivo fotográfico




