Viajes · En español
Rishikesh

Rishikesh
27 de octubre al 1 de noviembre
Jóvenes con pantalones de dimensiones y estampados excesivos, chicas con camisetas subdimensionadas, algunos parece que van camino a la cama y otros a la playa, unos más se amarran trapos sea en cabeza, cintura o ambas imitando gurús orientales, pero todos, como espada lista para la batalla, cargan enrollado un tapete de yoga. Se reúnen en los cafés de Tapovan donde sobran las sillas: la flor de loto resulta más adecuada para digerir smoothies de papaya y café de granos sustentables. Uno que lleva el cabello azul cielo viene de Rumania, la chica que toca el uculele llegó del sur, un panameño se preocupa por la situación en su país y decide irse a la montaña. En los murales anuncian hatha yoga, kundalini yoga, tantra yoga, vinyasa yoga, aero yoga, ashtanga yoga y yoga restaurativa; ¿pues qué más se puede hacer en la capital mundial del yoga? Además de meditación, masajes, sanación de chakras y ayurveda, también hay pizza, hotcakes y turismo de aventura. En Rishikesh conviven tres mundos. En un extremo Tapovan resulta un oasis hip para quienes desde occidente creen haber encontrado el oriente místico. Al otro extremo, el Rishikesh real con el caos de sus bazares y la pobreza de su gente, y entre ellos tres ríos de turistas: en cada ribera un flujo de turismo místico, y en el agua otro de aventura. Sólo las vacas, divinos seres, no distinguen entre esos tres mundos cuando pasean por sus calles.
Hasta el famoso cuarteto de Liverpool reocrrió esas calles de este pueblo cercad de los Himalayas componiendo canciones –más de 40 afirman–, y el ashram de Maharashi terminó transformado en museo y ellos en pretexto para un festival donde políticos y líderes espirituales lanzan discursos interminables.
Mi dosis de templos ya está cubierta así que realizo un trekking a la montaña y allí encuentro un mejor santuario que tantos de piedra. Otro día escalo los escalones hasta un templo donde a lo lejos se observan algunos picos de los Himalaya. Poco a poco se va acabando mi tiempo en India y mi alma se comienza a adelantar a casa.
Mi último atardecer en Rishikesh más que observar el aarti, la puja nocturna, me llama la atención el fervor de los extranjeros en el ritual. Resalta un grupo de blanco que participan con entusiasmo. Otras aunque quieren vestirse como locales se ven fuera de lugar con sus flamantes atuendos pero todos elevan los brazos, se santiguan y cantan con fuerza om shanti.
Archivo fotográfico






