Viajes · En español

Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)

Fotografía de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)

                  Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)

23 al 27-10-23


Fotografía del archivo de Deutschlango


La rusa (sin nombre, ni nacionalidad pero con marcado acento) se acomoda justo detrás de Pawan con una intimidad que me hace imaginar historias. Afirma que viaja cada año a la India, y aunque sean otros sus planes, termina en Benarés. Esperamos el comienzo de la puja[1]. Nuestro acompañante señala mi buena fortuna por encontrarme ese día en la ciudad. No niego que siempre he sido afortunado, pero ante todo lo que está sucediendo al final de los tres días del festival de Durga comprendo su dicho. 


Fotografía del archivo de Deutschlango

Al atardecer hemos navegado el Ganges de uno a otro extremo de los Ghats. No atracamos con los otros botes a observar la puja principal y nos detenemos más adelante donde se encuentra una de las lingas[2] de Shiva, y lo que Pawan llama “su lugar” (my place). En esa construcción a un lado de las piras me había quedado observado los rituales fúnebres que tienen lugar en el río sagrado. De una forma natural se paró a mi lado y con su voz suave comenzó a explicarme. Sólo hombres. Las mujeres son débiles y su tristeza puede detener el alma en el proceso de mogsha, la liberación. Lavan en el río el cuerpo, los varones envueltos en telas blancas, las mujeres en rojas, y cada miembro de la familia le da a beber tres veces agua de la madre Ganges.


Las demás telas y oropeles que habrían acompañado al cuerpo en su recorrido, metáfora de una vida material, acabaran apilados con la basura. Terminados los rituales colocan el cuerpo sobre la pira. Uno hombre se ha quebrado, sus acompañantes lo rodean y gritan junto con él hasta que recupera la entereza. En las construcciones más arriba, los barberos rapan la cabeza de los varones –esposo, hijo, padre, hermano– que cuidarán la pira. Un joven de barba y corte de cabello moderno vestido de blanco reza y va lanzando sándalo a la pira pues aunque en lo que podría parecer un espectáculo macabro donde se distinguen las formas de quienes fueron en vida, no se percibe el olor ni la tristeza de la muerte. 

Al final, entre las cenizas sólo quedan los huesos más grandes. Esos trozos de cadera y esternón ya no se pueden tirar más al río. Modi han cambiado las cosas. Aún así he visto un bote que zarpa con un fardo en la proa. No puede negar sus formas bajo las gazas blancas. No pueden cambiar las costumbres, afirma Pawan. Las mujeres embarazadas, los niños, los muertos por picadura de cobra, los quemados y los hombres santos. Ninguno de ellos se quema en el río. 

Día y noche las piras arden. No importan las lluvias interminables del monzón. Día y noche los cargamentos de madera recorren el río. Día y noche los cuerpos llegan al río. Por tres mil años la pira de Shiva sigue ardiendo, junto los moribundos más pobres esperan la liberación pues nadie tiene miedo de morir en Varanasi.

A mi llegada por el camino que conduce a la ciudad desde el aeropuerto me ha impactado una imagen de esas que se observan en India: una mujer agazapada a la orilla de un túnel estira un brazo que más bien es un hueso mendigando a los vehículos que pasan. La otra mano cubre la cabeza de un niño en su regazo. No se mueve. Está desnudo de la cintura para abajo. Es parte de la rueda de la reencarnación. Todo existe para que exista lo demás.



Cuando camino por el laberinto de calles de la ciudad, escucho el himno a Rama, me hago a un lado, un cuerpo sobre la camilla de bambú se dirige a su pira en alguno de los dos ghats donde se realizan las incineraciones, en las demás escaleras del río se elevan templos, palacios y hasta uno transformado en hotel de mil estrellas. 

Fotografía del archivo de Deutschlango


Palawan está alegre y entona canciones. A veces pone su bocina con los himnos de Shiva. Siempre se santigua frente a los innumerables templos y nichos. Es difícil no sucumbir al misticismo de la ciudad santa. Entro a los templos y me santiguo. Pido cosas. Pareciera que en Varanasi todos los deseos se cumplen pero no por ello dejo de imaginar que es como la Betsabé entonando “Jesucristo, Jesucristo yo estoy aquí”. Benarés es santa, como santa también es Jerusalem. Pero aquí, a pesar de que hay tantos hinduismo como familias, nadie es hereje.  No existe un dogma, los libros sagrados son muchos, y no hay proselitismo ni bautismo, ni condena, aunque detrás sigue el machismo y las castas. La convivencia pacífica  del hinduismo está en riesgo pues para muchos se está convirtiendo en ideología política. La Hindutva ha llevado a excesos. En 1992 una turba acabó con la mezquita Babri Masjid (1528). La policía no hizo nada para detener ese proceso que duró varios días, y al final la corte suprema india ha otorgado el terreno para la construcción del templo de Rama. Modi del nacionalista BJP (Partido popular indio) gobierna sólo para los hindús y aunque popular para la mayoría, ha radicalizado a las minorías.

 

Fotografía del archivo de Deutschlango
Modi y los partidos que lo llevaron al poder en un reloj en una fonda

A punto de comenzar la pujas, nuestro anfitrión nos trae un chai. En toda ocasión toma ese té con masala (mezcla de especias). Después que me hubo explicado los rituales, me ofreció uno, y de allí comenzamos a caminar; sin acordar nada, se convirtió desde ese momento en mi guía de la ciudad. 

Fotografía del archivo de Deutschlango

Mientras algunos visitantes van rindiendo honores a la dorada Linga de Shiva que se encuentra en alto, abajo otros realizan sus rituales frente al fuego. Un hombre le dedica un baile al ritmo de los estruendosos himnos que sin parar loan a Shiva con sus 108 nombres. Sobre una base de madera un brahmán muy joven no para de tañer una campana mientras reza hacía todos los puntos cardinales. Una rubia extranjera vestida de inmaculado lino blanco se detiene ante el fuego y con una extraña devoción se inclina y parece que reza. Nada más termina, eleva su celular para selfie en contrición y continua filmando a todos los devotos en sus actos íntimos. No es la única. Turistas indios y extranjeros no paran de filmar. En una de las bancas un hombre cubierto de cenizas, se despoja de su falda que acomoda a un lado junto a su móvil. Al principio no comprendo qué hace, pero está atando su pene a una vara que luego pasa sobre sus nalgas y, como vestida del Butterflies, se lo monta atrás del cuerpo. Ya que sus compañeros, también de rastas y cenizas, han observado su proeza lo libera para atarlo a unos grandes bloques de piedra que intenta levantar. No alcanzo a observar si lo logra y al final nos regala a la rusa y a mi lo que parece un membrillo que luego descubro como una fruta similar a la guayaba.

Fotografía del archivo de Deutschlango

Esa noche recorremos la ciudad. Las luces de leds decoran las calles en patrones de flores. Los himnos no paran. Las imágenes de Durga, a veces como quinceañera, otras recuerdan a la santa muerte. Todo es música y brillo. Por todas partes liturgias, todos diferentes, pero todos devotos. No hay sermones. Regalan comida y los hombres entonando los himnos a Rama pasan con sus camillas de bambú.
Fotografía del archivo de Deutschlango

Al día siguiente mientras me dirijo a los ghats, me ofrecen hash. Pruebo pero por seguridad y por precio no compró. Encuentro a Pawan en su lugar. Las piras siguen ardiendo. En una orilla un hombre tamiza las cenizas buscando dientes de oro. 

Fotografía del archivo de Deutschlango

He rechazado el guía que me ha propuesto el hotel. El inglés se retiró notoriamente molesto, pero un extranjero resultaba fuera de lugar para mostrarme la cultura local. Ahora mi amigo me lleva en su motocicleta. A toda velocidad recorre el laberinto entre vacas, personas y negocios hasta que nos alejamos de la ribera donde las calles, aunque más anchas, siguen igual de caóticas. Más allá de los Ghats, Varanasi cuenta con una de las principales universidades del país que alberga más de 30,000 estudiantes que también rezan en el templo a la mitad del campus. De allí seguimos la vuelta, cruzamos al otro lado del río y en cada parada probamos diferentes delicias callejeras que mi cuerpo va a resentir esa noche.
Fotografía del archivo de Deutschlango
Biblioteca de la Universidad 

Fotografía del archivo de Deutschlango

Varanasi ha cambiado. Puedo imaginarlo como un refugio de hippies y aventureros, pero como Zipolite ha sido maldecido por el dinero de los turistas, y aunque las piras siguen ardiendo, cada día hay más botes. Los mayores y más ruidosos pertenecen al gobierno.  Cada día más celulares impertinentes, cada día más seudo-santos pero aún así las piras siguen ardiendo. 

En muchas partes observo en nichos imágenes informes talladas en la piedra y pintadas de naranja, algunas con ojos saltones de muñeco de peluche. Aunque me habla del karma, como todo guía de turistas camino al templo dorado, me lleva a las tiendas para comprar las famosas sedas de la ciudad y luego especies y aceites. Me cuenta que hasta hace poco la entrada a ese templo tan sagrado no estaba restringida, pero el gobierno, desde que demolió las casas al frente para hacer un complejo con tiendas, albergue y restaurante, ha tomado control y hay que comprar boletos, registrarse y pasar filtros de seguridad.  Después de la visita nos detenemos en un callejón, sobre los restos de una motocicleta abandonada entre basura y mosquitos, fumamos hash con sus paisanos. Me enseñan a fumar en las pipas tradicionales que son un cono de piedra. Uno de ellos presume su amistad con un Pablo Escobar indio y me dice que sabe que no he comprado a quienes me han ofrecido. Bromeamos un rato y allí parece que se acaba todo. Al final del día cuando lo volvemos a encontrar acepto pagar mi cuota y le compro un gramo a 1000 rupias (unos 10 usd) que regaló a Pawan. 

Las calles de Varanasi son de piedra, tan antiguas como todo en Varanasi: sus casas, los palacios, los fuegos que han ardido sin interrupción, los peregrinos y las tradiciones. Todo es antiguo como sus recuerdos que van más atrás de que la humanidad comenzó a llevar cuenta de sus acontecimientos. Benares es santa, tan santa como la vida y por ello, como la vida, hay que acostumbrarse a las excrecencias, no importa por cual orificio se expulsen,  ya sea que se oigan al emitirlas, se huelan o se vean, ya sean de animal o humano un ejército de personas limpia cada día la basura de Varanasi y así también, con paciencia oriental, un hombre con una manguera con su chorro va arrastrando el lodo de la subida del río para limpiar los escalones de los Ghats. Difícil saber si logrará despejarlos antes de la próxima subida pero ese es el ciclo de la vida. 

Fotografía del archivo de Deutschlango

Los perros de las Ghats de Varanasi parecen descender de dos grandes familias, una de piel café, rasgos puntiagudos y cuerpo atlético, y otra negra más musculosa con breves manchas blancas. Tienen sus territorios. 7 controlan uno de los Ghats, porque siete son los platos que un joven prepara cada día para alimentarlos. 

En las horas cercanas al atardecer, las primeras Ghats que ya han limpiado del lodo y son amplias se llenan de visitantes seguramente de todas partes de la India, y algunos extranjeros. Entonces la ribera se convierte en un malecón lleno de paseantes, algunos con sus compras, otros estrenando camisas en colores naranja y letreros en hindi, algunos van llenos de fervor, la mayoría portando sus celulares al oído, frente a la cara o empuñándolos como arma, y las piras siempre ardiendo.

En las calles de Varanasi no ofrecen postales. Hay estampas de dioses, madera e incienso, lámparas de aceite, imágenes de piedra, metal y hasta yeso, ropa ritual y hasta madera de sándalo y camillas de bambú. Ya en un par de ocasiones Pawan me ha ofrecido masaje. No pregunto de que tipo se trata. Antes de salir en la moto, pasamos a su casa, un edificio de apariencia muy antigua, subimos varios pisos y me muestra la habitación donde duerme. Allí cuelgan las medallas y se exponen los trofeos de natación de su hermano menor que ahora está con el ejército en la frontera. En cambio él dejó la escuela y desde muy niño se dedicó a las calles. Me cuenta que ahora sólo están él y su padre. Yo prefiero ignorar la insinuación y salimos.

Fotografía del archivo de Deutschlango

A diez kilómetros de la ciudad, en un lugar cuyo nombre significa bosque de ciervos Sidartha Gautama realizó la primera prédica a sus cinco discípulos. Muchos siglos después, dos grandes estupas mando construir el también legendario rey Ashoka para honrar allí las reliquias del iluminado. Las enseñanzas de Buda caerían en el olvido en India junto con la dinastía que los seguía así que ahora forma parte del patrimonio arqueológico del país y seguramente será uno de los pocos lugares de toda India donde está prohibido el culto colectivo.

Fotografía del archivo de Deutschlango

En uno de tantos momentos contemplando las piras se me acerco un hombre. Paria, me dijo que era y aunque la constitución india ha suprimido las castas, los intocables siguen cargando la madera, limpiando las cenizas y buscando restos de riqueza en ellas. En las posiciones de las piras también hay castas. El hombre me pide dinero. Le doy unas doscientas rupias. Es el dueño del lugar, me dicen. 

Me despido de Pawan. Conozco los precios de las barcas y de los guías oficiales, así que le he preparado un generoso pago. Se muestra contrariado. Quiere más. Al final le respondo con sus propias palabras, ¿estás bien? si tú estás bien, yo estoy bien y queda resignado, pues todo es una ilusión en Varanasi y las piras nos esperan a todos.


Fotografía del archivo de Deutschlango

Fotografía del archivo de Deutschlango

Fotografía del archivo de Deutschlango


[1] Ceremonia religiosa, pronunciada puya.

[2] Algunos ortodoxos consideran más correcto el término lingam, pero ante la falta de definición de la RAE prefiero usar la palabra que suena más castellana, linga.

Archivo fotográfico

15 fotografías recuperadas
Fotografía 2 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 3 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 4 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 5 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 6 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 7 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 8 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 9 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 10 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 11 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 12 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 13 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 14 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 15 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)Fotografía 16 de Todos vamos a terminar en Benares (Varanasi)