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¿Y si me caso en India?

  • yo8258
  • hace 2 días
  • 10 Min. de lectura

Después de nuestro primer viaje a India, César afirmó que no volvería más. Yo ya había vuelto en otra ocasión y esta vez él lo hacía por mí.

 

"Puedo entender, hasta cierto punto, lo que significa ser indio porque soy mexicano", escribió Paz sobre su experiencia como diplomático en India. Décadas después, Fluffy afirmaría lo mismo sobre el país asiático.

No creo que cumpliera las regulaciones de seguridad de muchos países que la pantalla del auto no sólo sirviera como navegador sino también permitiera ver youtube durante la conducción pero Rishard, quien había asistido a la presentación del comediante México-americano, nos dio un respiro a los interminables bailables bollywoodenses, cuando, sin detener el auto y mientras texteaba en su celular, puso el sketch donde éste comentaba las recomendaciones previas de su viaje al subcontinente: no tomes agua, que nada tenga hielo, no comas en la calle, hay mucho crimen, no salgas después del atardecer. ¡Pero si eso es México!


La India tiene una población 11 veces mayor que nuestro país y una superficie que no llega al doble: 6 veces más personas en cada lugar, poseen un ingreso per capita unas cinco veces menor ­–difícil de comparar pues allí los precios realmente son bajos pero la distribución del ingreso también es bastante desigual– por lo que, a pesar de lo parecidos, es de esperarse que el caos sea más extremo, haya más basura y más pobreza. Pero con tantas obras de infraestructura (la carretera de 8 carriles de Delhi a Mumbai de 1400 km de longitud no es comparable a ninguna en nuestro país), México se está pareciendo cada vez más a India, y la India a México.

El clima y la vegetación resultan similares aunque allá el monzón (la temporada de lluvias) sea más intenso pues afecta a todo el subcontinente con mayor volumen: por eso son famosos los lagos y estanques artificiales que algunos gobernantes construyeron tanto para embellecer sus ciudades y palacios como reservas de agua. Aunque llegó con el galeón de Manila, el mango nos vino de India y ¿qué habría sido de los currys si los portugueses en el siglo XVI no hubieran llevado el chile de América?

En India nunca sé exactamente qué estoy comiendo porque, como muchos de los nuestros, sus platillos están sumergidos en algún tipo de mole. Todo se acompaña de pan de trigo como una tortilla y el arroz no falta. Nada es insípido, a excepción de sus postres donde prevalece el sabor del piloncillo, jaggery.

 

La India es un país joven. Seguramente quien lee esa frase habrá al menos levantado una ceja y como quienes me han escuchado decirla, me tacharán de loco o ignorante, pero la actual India, aunque comprende un espacio cultural muy antiguo con muchas características similares –y muchas diferencias–, nació con su independencia en 1947. Antes existía el Raj británico, el imperio de India que se adjudicó la reina Victoria tras la rebelión de 1857. Antes la manejaban como propiedad privada de la Compañía Británica de las Indias Orientales cuyos socios no sólo se trataba de comerciantes sino, desde su inicio, nobles que garantizaban el apoyo del parlamento para su monopolio. Del Raj surgirían tres países: India, Pakistán y Bangladesh. Ese imperio indio no era una unidad, comprendía muchos estados principescos cuyos monarcas recolectaban impuestos para los colonizadores, muchos lo había hecho así desde que el imperio Mogol controló esa parte del país, y así conservaban sus privilegios, como el coto de caza privado del Maharajá de Jaipur ahora convertido en parque natural. Tenemos suerte. Cerca de la entrada –sólo íbamos a visitar su gigantesco fuerte del siglo VII– nos topamos frente a frente con un tigre de Bengala. No puedo dejar de experimentar cierto nerviosismo, no sólo por la imagen de la bestia desde un jeep abierto sino porque todos los transportes tras nosotros demoran en echar marcha mientras nuestro chofer retrocede tratando de mantener una prudente distancia del animal que camina directo hacía nosotros.

A Jaipur se le conoce como la ciudad rosa por el color de sus palacios, una ciudad totalmente planeada en el siglo XVIII. Jodhpur como la ciudad azul porque los brahmanes (la casta superior) las pintaban así para diferenciarse de los demás y Udaipur la ciudad de los lagos. Cada una capital de un reino que competía con la riqueza de sus palacios: salas de mil colores y todas con decorados de espejos, vitrales y candelabros belgas, y en todas un grandioso fuerte de un tamaño que compite con ciudades completas como Toledo y Carcassone. Aunque todos esos reinos hindús se resistieron a las invasiones musulmanas, formaron parte del sultanato de Delhi (XIII al XVI)  y del imperio Mogol (s. XVI al XVIII), influencia que se deja ver en toda su arquitectura y su pintura.

Esos reinos se unirían al país recién formado gracias a que les ofrecieron jugosas pensiones a sus príncipes y les permitieron mantener sus propiedades muchas de ellas ahora convertidas en atracciones turísticas u hoteles de mucho lujo.

 

La fiesta de los colores o Holi festival marca el comienzo de la primavera y el triunfo del bien sobre el mal. Los colores que se lanzan los participantes tienen su origen en una travesura Krishna quien avergonzado por el color azul de su piel, por consejo de su madre, pinta la cara de Radha, su enamorada.

La ciudad organiza una celebración donde nos recibe la voz de Shakira (no sería la única vez que la oigamos en India), mientras entramos a ese espació higiénico y protegido donde se recluye a los turistas (no se acepta la entrada de los locales), lanzamos colores a los participantes que lucen todavía inmaculados, pero pronto escapamos de ese lugar de guiris. Un chofer de tuktuk nos lleva a la celebración real, no sin esquilmarnos un precio muy alto para el trayecto que aún así no resulta oneroso. Todos gritan y bailan por las calles. Los muchachos al pasar nos frotan suavemente las mejillas con sus polvos de colores y con esos grandes ojos de pestañas de burro de piñata, nos miran y dicen Happy Holi. En toda India son más comunes las demostraciones de cariño entre los varones que entre las mujeres por lo que no podemos evitar repetir el gesto.

César había jurado que no volvería a la India. Su sensible olfato no es adecuado para un lugar donde todo tipo de animales –y personas– circulan y defecan en cualquier parte. Las vacas, respetadas como una divinidad asociada con la madre tierra y la no violencia, pasean como perros callejeros dejando sus deshechos a su paso, no digamos los changos, o los perros pero al menos, poco a poco van logrando que haya letrinas para todos los humanos. Cuando se prepara pan, la primer pieza, se lanza a la calle para las vacas, y muchos dejan desperdicios por todas partes buscando sumar un buen karma cuando los consuma algún otro ser viviente. Si una vaca muere en casa, no sólo hay que hacerse cargo de los rituales del entierro y las ofrendas, sino también de la ceremonia de expiación, así que cuando llegan a la improductividad son soltadas a su suerte que en India nunca será mala. Su vida está protegida por la constitución y en todos los estados existen penas por asesinato y maltrato. El gobierno y muchas personas sostienen albergues, y cada vez que en Rajasthan decimos salud, 20% del costo de nuestra bebida se va al cow-cess para su mantenimiento.

Así como el estiércol está siempre presente, los claxonazos no paran, sustituyen espejos y leyes de tránsito; las únicas leyes que prevalecen son las de la física y la del karma, pero si uno entiende que esos bocinazos carecen de la agresividad de otras culturas resulta más fácil fluir en ese caos.

César me cuestiona porqué me gusta el país. Gustar es un término muy simple para definirlo. No disfruto la basura, ni los olores, y menos la pobreza, y aunque basta abrir los ojos para obtener todo tipo de fotos instagrameables, y la comida, aunque ruleta rusa estomacal, es exquisita, no es nada de eso lo que me atrae. A pesar que en India siempre serás un extraño, te permiten sumergirte en una cultura cuyos conocimientos ya formaban partes de tratados completísimos, cuando en los demás lugares del mundo ni siquiera se pensaban en ello y siempre hay espacio para las sorpresas.

Volvíamos para una boda. La jefa de mi pareja nos había invitado pero como yo ni la conocía, no podría asistir solo. Así que él volvía sólo por mí, pero allí entre esos muchachos de miradas profundas y penetrantes con modos suaves que nos frotaban las mejillas y nos invitaban a bailar bajo el efecto del bhang, no podía dejar de disfrutar que estábamos en Chacal-nation.

En Rajasthan, como en otras partes de India, se toma una bebida que se asocia al dios Shiva quien la usaba para meditar y sanar. El bhang es ofrecido en tiendas autorizadas por el estado y se consume sobre todo durante las festividades, especialmente en el holi. Nuestro chofer nos había conseguido un par de botellitas con un liquido lechoso de color verde brillante pero, así como la fiesta, era una dosis para turistas.

Abriéndonos paso entre los muchachos que pululaban frente al edificio rosa, y sin poder comunicar más, pedimos dos (¿vasos?, o lo que fuera). Hasta entonces César no se había atrevido ni a tomar una taza de té por la calle pero no le importó que el muchacho tomara de una charola sucia dos bolas que por su apariencia vegetal parecían estiércol, extrajera de una cubeta en el piso un líquido lechoso, y mientras lo vertía en un colador, fuera disolviendo las bolas con esos mismos dedos que recibían los billetes del pago, billetes que por su apariencia han circulado por todas partes. Al final nos entregó dos vasos que bebimos sin remordimiento.

La índica, a diferencia de la sativa de efecto más festivo, conduce a un estado de tranquilidad donde hizo que César comprendiera porque me gustaba India.

  


El festival, es como el carnaval, no mucho baile, y sí brincos y gritos. Quienes más lo disfrutan son los jóvenes o quienes asisten por primera vez, como nosotros.

 


Las esposas y concubinas del maharajá habrán contemplado, a través de la secrecía de elaboradas celosías de piedra, escenas similares pues en un sentido práctico, sobre los negocios del bazar, se levanta el palacio de los suspiros donde a través de múltiples pasillos y escaleras el soberano podía visitar a alguna de sus concubinas sin despertar los celos de las demás.

                             

       


Aunque lo promocionan como una “joya de Asia”, el Raj Mandir Cinema de 1976, con supuesto estilo art-deco bastante bling-bling, dados sus precios se convierte más bien una trampa para turistas (indios pues sus películas son en hindi). Lástima que no están proyectando algún melodrama de Bollywood, lleno de bailes y música. La producción de películas en Mumbai supera en más de cuatro veces la de su contraparte angelina y no sólo eso, en India existen también Tollywood (en Hyderabad), Kollywood (Chennai), Sandalwood (Bengaluru) y Mollywood (Kochi) por lo que es el país con la industria cinematográfica más prolífica del mundo.

“The Kerala Chronicles 2” no puede dejar fuera al menos un número musical antes de entrar en materia a la tragedia. Con esas actuaciones forzadas que evocan telenovelas mexicanas y una trama simple, es fácil entender como las tres                protagonistas de devotas familias hindús sufren un mal karma por desobedecer a sus padres. Incluso una de ellas acusa al suyo de islamofóbico, pero él tenía razón. Las tres protagonistas son seducidas con engaños y cautivas por hombres musulmanes junto con la complicidad de toda la sociedad islámica que incluso, si más maldad no fuera posible, la obligan a comer carne de res. Aunque con el mismo nombre, la primera versión tiene una trama diferente solo caracterizada por su sentido islamofóbico: algunas mujeres hindús de Kerala son secuestradas también con engaños amorosos por guapos musulmanes para ser llevada a Afganistán a participar como terroristas islámicas.

India es gobernada desde 2014 por el Partido Popular Indio (BJP) de corte nacionalista hindú. El primer ministro actual participó en su juventud en la “Asociación de Voluntarios Nacionales” (RSS), organización extremista de donde salió el asesino de Gandhi quien consideraba inaceptable buscar una unión con la minoría musulmana. Esa organización ha participado en masacres y destrucción de mezquitas. Narendra Modi, de acuerdo a varias métricas, ha sido por muchos años el jefe de gobierno más popular del mundo, sin embargo, se le crítica por ataques a los grupos de la sociedad civil, censura digital, control mediático, ataques a periodistas, discurso de odio, marginación de los musulmanes, debilitación institucional y concentración de poder pero sólo le interesa gobernar solo para la mayoría.

Si la popularidad fuera una medida de calidad, el programa mexicano de televisión, la Rosa de Guadalupe, estaría entre las obras maestras de la televisión mundial.

Si bien el safari por el desierto de That desde Osian resulta un fiasco puesto que sólo de trata de una vuelta en camello alrededor de unas dunas llenas de basura, se convierte en una fiesta de todos los niños del pueblo, tratando de obtener algunas rupias de los turistas, toman fotografías con habilidades cinematográficas.

La ciudad azul también capital de un estado principesco que se adhirió a la Unión India, cuenta también con un fuerte de dimensiones colosales y sus grandes palacios han sido convertidos en hoteles de lujo para mantener la vida de sus maharajás de jet-set. Nosotros nos hospedamos más modestamente en un haveli ya un poco venido a menos. Esas mansiones del norte de la India construidas por sus ricos comerciantes en el siglo XVIII y XIX, sino han sido convertidas en hoteles, poco a poco van siendo desmanteladas para vender sus partes. En una tienda nos ofrecen una gran puerta de madera tallada con todo y marco a unos 500 usd.

En Rajasthan no está prohibido el alcohol como en algunos estados vecinos, pero no sólo por eso Udaipur, como Cuernavaca, es la ciudad de las bodas. Todos los grandes hoteles tienen jardines con vistas a algún lago y las vacas callejeras las confinan en albergues donde el dueño, si quiere recuperarlas, tendrá que pagar una buena suma. Es la primera ciudad relativamente limpia que conozco en India, aunque sigue habiendo perros por las calles y tiraderos de basura en las afueras. La familia de la novia, ahora radicada en Alemania, proviene de Gujarat, el estado vecino pero resulta curioso tantos invitados extranjeros vistiendo las piyamas indias mientras se celebra la aplicación de henna a los invitados. El intricado diseño en las manos de la novia, según comenta, tomó más de diez horas.

Ese primer día, un animador organiza competencias entre los invitados del novio y los de la novia que los superan en número, por lo que nos adherimos al equipo contrario. Los tres días se llevan a cabo ceremonias, nos llenan de comida y bebida (no sólo platillos locales sino hasta tacos y quesadillas) y bailamos sin parar. El segundo día los amigos y familiares llevan a cabo la aplicación de cúrcuma, agua y aceite a los novios en señal de buena suerte y prosperidad mientras cañones lanzan pétalos de rosa sobre los novios y su familia. Ese mismo día, familiares e invitados se lanzan al escenario y nosotros participamos en un bailable tipo bollywood.

El tercer día resulta el más importante, el novio realiza una procesión con tambores para ser recibido por la novia y su familia donde ella es entregada por el padre. Un joven sacerdote oficia toda la ceremonia que incluye que los novios den tres vueltas alrededor del fuego sagrado y todo termina con una gran comilona y mucho baile.

El regreso a México resulta un poco tortuoso. Ya AirCanda nos ha notificado de demoras, no tan dramáticas como uno de los invitados que había quedado varado en Dubai al comienzo de la guerra, pero nos toma unas 54 horas volver a casa. A pesar de que no estamos preparados para climas bajo cero, aprovechamos la obligada escala de catorce horas para visitar el centro de la ciudad y sus tiendas canábicas lo que nos relaja la espera. Cleto nos recibe con la alegría de cachorro y aunque Pepa simula indiferencia también, a su manera, nos recibe con alegría.

 

JRA Cuernavaca, Morelos, 27 marzo, 2026

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